A quien le importa

Lucy se sentía terrible por entrar peor que una ladrona a su casa pero no le quedaba otra opción. Si bien no era la enorme mansión de los Villanueva, tampoco es que fuera demasiado fácil ingresar al segundo piso, que era el lugar donde estaba su cuarto.

Y eran casi las dos de la mañana y si su madre se enterara…

Al llegar por fin a su pieza, sin el maquillaje ni la ropa, escucho que alguien encendía la luz de esta.

- ¡¿Que hacías, Lucy? - le grito su madre - ¡Tu no entiendes nada!, ¿Fuiste a acostarte con alguien acaso?

- no, mamá…

Antes de que pudiese decir algo más Caroline le dio una enorme cachetada en la mejilla. Luego le tiro el cabello y la empujo contra la cama y la volvió a levantar del brazo. Los ojos celestes de Caroline estaban cargados de enojo y desesperación.

- ¡No quiero que vuelva a ocurrir! ¡Mi hija no se comportara como una ramera bajo mi techo!

Al salir violentamente por la puerta grito.

- ¡Duerme!

Lucy se subió a su cama y se recostó sobre esta en posición fetal, con los ojos llorosos

- Si – susurro – esta es mi vida.

Avril rogaba con todas sus fuerzas que su madre no la descubriera infraganti. Después de todo, no quería ni siquiera verla luego de las "sorpresas" que descubría algunas madrugadas cuando se levantaba para irse a la escuela. Apenas encendió la luz del comedor, subió las escaleras, y se quedo petrificada al ver la imagen.

Deborah Portalopez era una mujer fuerte que había sacado sola a su hija adelante. El padre nunca estuvo y cogió el rol de ser ambas figuras paternas. El único problema era su carácter un poco… Si, demasiado inmadura y en la manera en que quería entablar conversación con su hija.

Esa madrugada tenía puesto un pijama de short con satín y una pollera de escote. Traía el pelo negro ondulado suelto y la bata apenas le llegaba a la rodilla. Para todo el mundo exterior, ella era una mujer decente, educada y luchadora. Para Avril la peor mamá que le pudo tocar. Nunca se preocupaba de ella, ni siquiera en lo más mínimo.

- ¿Qué haces llegando a estas horas? – le pregunto con la voz más firme que podía a esa hora de la madrugada.

Avril puso los ojos en blanco. Solamente la había castigado en las vacaciones para que nadie piense que era una mala influencia, pero no por el bien de su hija ni que esta aprenda la lección.

- Acompañe a Annelore y Lucy a un lugar. Fuimos juntas, la verdad – rectificó.

Para normalidad de Avril a quien le sorprendía verle aquella cara de castigo, su mamá sonrió y se acerco para irse a su propio cuarto.

- Bien – dijo tranquila – nos vemos mañana por la mañana, hija. Duerme bien.

- Un momento… ¿no me dirás nada? ¿Ni siquiera por "el que dirá la sociedad"? – frunció el seño la muchacha.

- No. Estoy demasiado feliz para que me lo amargues tú, Avi – suspiro.

- Me llamo Avril, Deborah. Y… ¿Quién es esta vez? ¿Algún cliente? ¿Alguien adinerado? Espero que sí, porque tu adoras los lujos.

- Te dije que no lograras apagar mi alegría hoy, "Avril". Creo que esta vez va en serio. Es evangélico y me ha incluido a su religión.

Esto a Avril le agrado. Esperaba que siquiera la religión le ayudara a su madre a preocuparse por alguien más que no fuera sí misma. No se refería a que fuera una fanática del hogar y pensara en lo mejor para complementar la familia, pero sí, que dejara de ser tan Scarlett O'hara y se convirtiera en "mamá" y no en "amiga".

La verdad había estado comparando las personalidades de Scarlett O'hara y de su madre, y lamentablemente, muchas diferencias no hayo. Las dos hermosas, las dos manipuladoras, despreocupadas y egocéntricas.

- Bien, me iré a la cama – dijo Avril.

- Si, recuerda que mañana, pasaremos toda la tarde con los Sepúlveda – anuncio Deborah – Iremos a desayunar a un barco y luego…

- No quiero saber.

Dicho esto, cerró la puerta de un golpe.

La mañana del domingo le abría las puertas a Annelore Villanueva, quien dejo todo lo ocurrido la noche anterior en el pasado y guardando cualquier mal recuerdo de Quique en una papelera de reciclaje. No quería pensar que la persona con quien había planeado toda su vida le fuera infiel, ni mucho que… a pesar de sonar raro, la había "engañado con ella misma".

Quique no había dicho que tenía novia. Pero tampoco lo negó, y eso la ponía cada vez más en duda con el muchacho de veinte años. Aquella tarde almorzarían con los Miller, así que se preparó poniéndose lo más bella posible. Se coloco unos jeans con botas de tacón y una blusa roja, sobre esta, un bléiser sin mangas y con botones abiertos. Peino su cabello y lo dejo al natural. Sobre este un sombrero rojo a cuadrille. Se maquillo como casualmente lo hacía, no en exceso, pero siempre demostrándolo.

Al llegar a la casa de los Miller su madre le dijo en la puerta.

- Espero que te comportes, Annelore.

- Siempre lo hago – le dijo la chica.

- Algún día, Quique y Lucas terminaran sus carreras y podrán continuar con nuestras empresas juntos, Annelore. Así que tú debes ser parte de ello casándote con Quique, como siempre has querido – le recordó su padre – Tu hermano es el chico ejemplar, que cualquier padre querría, un hombre fuerte y completo.

- ¿Recuerdas que tienes una hija? – le dijo Annelore enojada.

- Los hombres llevan el mayor cargo, Anne – dijo su madre, Monserratt – Las mujeres solo los acompañan.

- ¡Hello! Recuerdan que estamos en el siglo veintiuno, y que no pueden hablar de esa forma. Como dice Lucy, la igualdad entre el hombre y la mujer está desde hace muchos años.

- Por favor, ya cállate – ordeno el señor Villanueva.

La familia Villanueva era millonaria, igual que los Miller, y estaba claro que se encontraban destinadas a estar unidas por el resto de la vida.

Monserratt se preocupaba por el status social, el club de amigas y, mayormente, las apariencias sociales.

Annelore sabia a la perfección que no le gustaban las familias de Avril y Lucy, puesto que ninguna de las dos eran de aquellas de las cuales suelen nombrarse en cocteles importantes y fiestas de la alta sociedad, aun cuando los Volgger pertenecían a una de las más adineradas familias de Valdivia.

La luz de los ojos del señor Villanueva era su hijo Lucas. El siempre seria el hijo favorito, por el simple hecho de ser "hombre". Annelore sentía que sus padres llevaban alguna razón por la cual amaban más a Lucas.

- Es una lástima que Quique y Annelore no se hayan encontrado durante todo el fin de semana- dijo de repente la señora Villanueva – Ni en todas las vacaciones de invierno. Ese es el precio a de un castigo, Anne.

Quique levanto una ceja cuando Annelore le patio por debajo de la mesa.

- Pero si nos íbamos a ver anoche. Creo que no llegaste, amor – le dijo él, sonriendo cínicamente.

Annelore no aguanto más y se vio obligada a decirle algo a su "buen" novio.

- Claro, como tú te escondiste en el baño del "limite infernal".

Silencio.

Silencio.

Oh, oh – pensó la rubia – metí la pata.

- ¿Y tu como sabes eso? – le pregunto la señora Miller a la muchacha, quien pestañaba excesivamente, una costumbre de cuando estaba nerviosa.

- ¿Yo?, Pues… porque… Lucy y Avril, mis amigas lo vieron a Quique, y… y… ¡ay!, ¿Por qué debo darles explicaciones de todo a todos? – exigió molesta.

- ¡Annelore! – grito su padre enfadado.

La chica se puso de pie y golpeo el piso con el zapato. Luego dijo:

- ¿Qué es lo que quieres?

- No puedes hablarle de esa manera a los Miller. Ellos son…

- Nada, mamá. Son los "amigos de la familia" con un hijo con complejos de memoria.

- ¿De qué hablas, Anne? – pregunto Quique.

- Anoche… ¡AH!, no pienso decirles toda mi vida a ustedes.

Se dio media vuelta.

- ¡¿A dónde vas? – le grito Quique.

- Que te importa – respondió, enojada y harta, Annelore.

Se había cansado de comportarse como una niña bien ante esa sociedad. Nadie la tomaba en cuenta y creían que podían hacerla tonta, tacharla de ignorante, pero no era ni iba a ser así.

Ya no le importaba y… ¿A quién si?

Lucy estaba lista para salir, se puso unos pantalones con botas de tacón lasrgas, y una polera manga larga con un bléiser pequeño. Lucy era la aficionada a la moda, Avril la repudiaba, y Annelore estaba en el medio de ambas.

- ¿A dónde vas? – le pregunto su madre desde la entrada.

- A donde sea.

- Escucha niña, no te permito que seas tan insolente y desagradable conmigo. ¡Soy tu madre! – gritó.

-¡Una que solo sabe golpearme! ¡Y estoy harta de ello!, No lo permitiré mas. Adiós.

Cerró la puerta principal fuertemente, para luego sacar su celular y fijarse en la hora. Apenas las dos de la tarde.

La familia de Lucy tenía dos polos opuestos. Por un lado estaba Martin Volgger, quien era un padre ejemplar: preocupado, dedicado y siempre pendiente de Lucy. Y en el otro extremo se encontraba Carolinne, su mamá, quien la golpeaba cuando no hacia las cosas que quería o simplemente porque estaba de mal humor. Y Lucy ya se había cansado de ella, de todos y estaba dispuesta a no permitir que le toque un pelo mas. Esa mujer no podría siquiera intentarlo, porque Lucy dejaría de ser la "niña bien" que se dejaba golpear por su madre.

Cuando llegaba con moretones imposibles de ocultar con maquillaje, les mentía a sus amigas diciéndoles que se caía, y tachándose de torpe. Annelore y Avril le creían solo la mitad del tiempo, puesto que no estaban dispuestas a seguir entrometiéndose en cosas que ella no deseaba contar. Mas a veces estaban completamente seguras de que algo malo ocurría, deseaban ayudar, no obstante, Lucy no se dejaba ayudar.

Avril ya se sentía incomoda desayunando con los Sepúlveda. No quería pasar ¡TODO EL DÍA CON ELLOS! La señora Carmen Sepúlveda era realmente agradable, muy dulce. La niña era, para vista de Avril, un demonio hecho verdad en tamaño de niña de seis años: Annaís. El señor Arnoldo era algo "demasiado afable" y no le daba muy buena espina.

Los Sepúlveda esperaban al hermano menor de Arnoldo, quien acababa de mudarse a Valdivia en busca de trabajo, el cual ya había encontrado.

Según su madre, debía ir vestida elegante, pero ella no le hizo caso y se puso ropa a su gusto elegante normal: pantis negras con botines, una falda corta floreada, su blusa de colores suaves y el abrigo violeta pálido. No le gustaban las faldas, pero podía usarlas cuando se lo pedían.

-Espero que Antonio llegue pronto – dijo la madre de Avril, Deborah – Ansío conocerlo.

- Es realmente encantador – dijo Carmen – puedes creer que ahora…

- Si, ¿a quién le importa? – susurro Avril por lo bajo, pero nadie logro escucharla, por lo que paso desapercibido su comentario.

El restaurante "Flavors" era uno de los más elegantes de Valdivia, y no muchas personas podían costear sus elegantes precios. Su perspectiva de ver a las personas era bastante categórica, y no aceptaban a nadie que no hubiera hecho una reservación.

La Familia Sepúlveda era la dueña de esta enorme cadena internacional, sin contar la galería y boutique, el lugar favorito de Lucy y Annelore.

Entonces, para Avril, igual que un milagro llego un mensaje de texto:

*¿Dónde estás?**Annelore.

*En el infierno**Avril.

*jajaj, ya entendimos. Vamos para el restaurante** Annelore.

Según el mensaje, debía encontrarse con Lucy. Esperaba ser rescatada por sus dos amigas.

- Mira, ahí viene Antonio – anuncio la señora Sepúlveda.

- Hermano – dijo Arnoldo – Al fin llegas a almorzar.

Avril se dio vuelta. El tal Antonio debía tener veinticinco años, por lo que alcanzó a decirle Carmen; ninguna extrañeza le encontró. Cabello negro azabache, ojos café claro y la piel blanca como la de ella. Era alto, apuesto y bien parecido.

- Arnoldo. Carmen. Annaís. – dijo el hombre.

- Antonio, ellas son Deborah y Avril Portalopez – los presento Carmen.

- Hola – fue lo único que dijo Avril.

Durante el resto de los quince minutos siguientes, toda la atención se centro en Antonio Sepúlveda. A Avril le daba prácticamente igual. Se quedo pensativa un minuto, mirando la ventana del restaurante. Comenzó a recordar aquella noche pasada, la cual se resumía a una cosa: Joseph Figueroa.

Tenía que admitir que el chico era apuesto y que, si no tuviera el "pequeño" detalle de la droga, su atractivo seria más atrayente, más de todos modos, tenía que alejarse de él. Era una mala influencia y todo el colegio lo sabía.

El hecho de que su padre fuera el socio mayoritario del colegio no le daba derecho de hacer todo lo que le daba la regalada gana sin recibir castigo alguno.

Estaba tan envuelta en sus pensamientos locos, que ni siquiera se dio cuenta de cuando Arnoldo y su madre no estaban en la mesa.

- ¿Y Deborah? – le pregunto a Carmen

- Fue al tocador. Y Arnoldo recibió una llamada importante de México. Debió salir. Pero Avril, ¿en qué mundo estás?

La chica se dio cuenta que había pasado tiempo pensando en cierto drogadicto al cual conocía desde hace dos años.

Se puso de pie y fue hasta el baño. En el pasillo, antes de llegar a este, pudo ver todo. Deborah y Arnoldo besándose apasionadamente. Ninguno de los dos se dio cuenta de su presencia, y tampoco parecían tener intenciones de separarse en ninguna circunstancia. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo.

- Deborah – dijo firme y quieta.

La mujer de treinta y seis años se dio media vuelta para encarar a su hija. Arnoldo también se quedo petrificado. Avril intento descubrir si en sus mentes sentían alguna especie de culpa, dolor o arrepentimiento, pero no hayo nada.

- Avril. . .

- Hija. . .

- No digan nada. Es obvio que son unos males agradecidos. Carmen siempre confió en ustedes, y lo único que vuelve a cambio es... esto – les recrimino.

- tienes que entender... nos amamos. – dijo Arnoldo.

- Puedo entender que se amen, que quieran estar juntos si es que esto fuera real, pero de manera legal, no a espaldas de los demás, no cuando esa mujer es tan fiel.

- ¿Les dirás?

- ¡¿tú qué crees, Deborah? – grito.

Camino hasta la mesa en donde se encontraban Antonio, Carmen y Annaís. Deborah y Arnoldo la siguieron hasta ahí.

- ¡Avril! – gritó él.

- Recuerda la clase, la compostura. Podemos hablarlo en privado – sugirió ella.

- ¿Qué ocurre? – pregunto Antonio.

Avril no estaba dispuesta a seguir escuchando nada. Si se quedaba callada, seguirían mintiéndole y su madre se comportaría de la misma manera. Esa fue la gota que rebasó el vaso.

- ¿Qué te importa? – le respondió la adolecente.

- Control – repitió Deborah.

- ¿control?, Así me controlo yo desde ahora en adelante.

Se acerco a esta y la dio vueltas con ambas manos, dejando todo en el suelo. La gente se dio vuelta, contemplando el desastre que había dejado la que se suponía era una "niña bien".

- ¡Avril! – Grito Carmen – Tú no eres así.

- No, claro que no. Pero ahora, recuerden que puedo ser peor.

Salió del restaurante con las manos en los bolsillos de su abrigo.

Ya no guardaría tanto sus impulsos. Sus emociones continuarían igual de ocultas, pero sería directa con Deborah.

Llego hasta la fuente donde quedo de encontrarse con Annelore y Lucy, quienes iban igual que ella en cuanto a temperamento.

Lucy caminaba rápidamente con Annelore a su lado. Ninguna de las dos se decían lo que les pasaba por temor a lo que puedan decir. Sentían lo obvio: en algún instante deberían contárselo, por algo eran amigas, se tenían confianza, pero no ahora. Ese no era el momento ideal.

- Estaba pensando en lo de anoche – dijo Lucy

- yo también – comento la rubia.

- Quizá, algún día, podamos volver a hacerlo, ya sabes, con tal de olvidarnos un poco de todo esto...

- ¿Qué paso contigo? – pregunto Annelore.

- Nada... bueno, si paso algo, pero no ahora. Vinimos a hacer algo, ¿cierto?... Vamos por Avril, ¿Recuerdas?

- Si, pero sabes que algún día tendremos que vernos obligadas a que todo salga a la luz. Tarde o temprano ocurrirá.

- Eso es obvio, mas no estamos aquí para seguir amargándonos con nuestros problemas personales.

Lucy quería saber todo, a pesar de ya tener cierta intuición para descubrir todo lo que ocurría con sus amigas. Además, era tan efusiva para sus cosas que conseguía sacarles la verdad a las personas.

La castaña iba tarareando una canción para olvidar a su madre. Se le acababan de ocurrir unas cuantas ideas para sacarla de su camino, por un tiempo. No le sorprendió nada cuando llego la noticia sobre el empleo de un año de su papá...

- Mañana hay una fiesta – dijo de repente Annelore – yo... quizás Nikky pueda ir.

- Hablamos de eso luego – dijo Lucy.

La rubia asintió con la cabeza y siguió pensando en demás excusas para sacarle la verdadera cara a Enrique Miller. Ella lo amaba, era su novio de toda la vida, el chico con quien le habían "planeado" toda la vida. Pronto cumpliría sus dieciocho años y pensaba en formar una familia con ese chico.

Avril vio como una niña lanzaba una moneda a la fuente y luego pedía un deseo.

- Ridículo – susurró – Patético.

Aun así, tomo una de su cartera y pidió un deseo. Ni siquiera lo tenía claro, pero de todos modos sintió necesidad de seguir el ejemplo de la niña.

- apuesto que puedo hacer ese deseo realidad.

Ella puso los ojos en blanco al reconocer la voz de aquel chico. Lo miro y torció el gesto para burlarse:

- ¿además de acosador, eres psicópata?, ¿me sigues?

- que graciosa – dijo con sarcasmo – no. Es una casualidad. Apuesto a que se cuál es tu deseo.

- ¿en serio? – Le siguió el juego - ¿Cuál?

- Un beso mío... o quizá algo mas...

Tomo el rostro de Avril entre sus manos, mientras sus ojos grises se perdían en los de ella y viceversa. Avril quería ese beso, pero no, pero si... No sabía.

Joseph Figueroa siempre la seguía y enviaba indirectas, pero eso lo hacía con todas.

- Déjame tranquila – le dijo, retirándole las manos, o al menos lo intento. Pero no lo consiguió y no fue por cuestión de fuerza.

El fresco aliento de Joseph le rozaba el rostro, provocando que no quisiera alejarse de él. No estaba drogado, podía verlo en su rostro y en sus facciones. Esto era un milagro puesto que llegaba incluso a clases con droga en su organismo.

- ¿en serio eso es lo que quieres? – le pregunto con sus labios casi tocando los de ella.

- yo... Si...n...si. Si.

La tomó por la cintura y entreabrió sus labios. Ella solo por inercia, siguió su ejemplo.

- tu... – susurro – le dices eso a todas. A todas las acosas de la misma manera.

- ¿es ese el problema?, ¿estás celosa? Puedo dejar de coquetearles a las demás "en público" si eso es lo que quieres.

- tú lo único que deseas es acostarte con todas. ¿O me equivoco?, eso es lo único que quieres de mi.

- me ofende que pienses mal de mí – dijo apenas en un murmullo.

Sus labios, de los dos abiertos, apenas se rozaron fue el beso más corto de la vida, según Avril, puesto que ni siquiera fue uno en el sentido estricto de la palabra.

Y fue cuando llegaron:

- Avril. – sonrió...

No podía creer lo que casi había ocurrido, estaba tan en shock, tan sorprendida, ¿ese fue un beso?, ¿una especie de beso? Ella nunca tuvo novio ni nada parecido, pero ¿Quién decía que el primero a quien se besaba era novio? Estaba completamente claro eso: Joseph Figueroa no estaba realmente interesado en ella. Solo le gustaba seducir "vírgenes"; según él, podía deducirlo en la mirada de los demás.

Odiaba que sus estúpidos ojos grises la miraran con esa intensidad y le provocaran ganas de atrapar su boca con la suya. ¡No! No era posible. Lo odiaba... bueno, tampoco era para tanto, solo quería estar lejos de él para no correr riesgos de...

¡AH!

- bueno ¿alguien dirá algo? – exigió Lucy, cuya mirada se posaba en el rostro de Avril con minuciosa precaución y cuidado.

Se preguntaba miles de cosas, pero lo más importante: ¿Cómo fue su amiga a parar en esa situación? Solo pensaba en acorralarla con miles de preguntas, y Annelore no se quedaba atrás en ello.

- vámonos – dijo Avril.

- no – ordenó Joseph.

- Si – sentencio la morena.

- nosotras nos adelantamos – comentó Lucy.

Empujo a Annelore hasta unos cuantos metros de distancia de Avril y Joseph. No deseaba sentirse demás con la "¿pareja?", en cambio Annelore estaba entusiasmada intentando saber todo de una vez. La verdad era que a Lucy le ocurría lo mismo, y con la misma o más intensidad de la rubia.

- ¿ves que sabia cual era tu deseo? – dijo con superioridad él, dándole una sonrisa picara.

- eso fue prácticamente acoso – se defendió ella, sabiendo que no era verdad por completo.

- ¿Cuándo dejaras de echarme la culpa de todo y aceptaras el hecho de que tu también disfrutas de mi compañía?

-basta, no pienso seguir escuchándote.

- haz lo que quieras. Nos vemos mañana en la escuela.

Avril bufo y se iba a dar la vuelta, cuando él la volvió a girar para darle un beso en la mejilla. Inconscientemente cerró los ojos. Un matrimonio pasó junto a ellos, y escucharon que decían:

- mira, observa, Emily, que hermosa pareja. Es el primer amor.

- y el único – concretó la mujer.

A la chica casi se le cae la quijada. ¿En serio parecía una pareja con Joseph? O peor ¿enamorada? Ay, no, si ni siquiera le gustaba.

- dicen que hay que hacerle caso a los mayores – sonrió él.

- ¿y entonces, porque sigues drogándote? – señalo ella levantando el mentón.

- nunca me han dicho que deje de hacerlo – contesto con simpleza.

A Avril se le formo un nudo en la garganta tan fuerte que solo pudo irse con Annelore y Lucy.

- No pregunten – les dijo pasando a su lado.

- ni lo pensaba – suspiro Lucy.

Después de recorrer todos los rincones que encontraron en Valdivia, se sentaron a descansar en una plaza. Annelore había elegido mucha ropa en todos los lugares que encontró, y Lucy le siguió el paso. Avril solo las acompañaba y miraba por todos lados.

Annelore podía llegar a olvidarse de muchas cosas si se le distraía de la manera adecuada. Pero ella no tenía un pelo de tonta ni ingenua, sabía que todo era momentáneo, y le molestaba pensar en la vuelta a casa.

Por otra parte, Lucy ya estaba calmada imaginándose que pronto podrían acabar muchos de sus problemas. Estaba claro, su madre no le tocaría un solo pelo nunca más en la vida. Y buscaría por todos los medios que sus planes funcionaran.

- ¿alguna quiere hablar? – pregunto Annelore.

- no – respondieron Avril y Lucy al unísono.

- saben que tarde o temprano deberán hacer algo... ahora, cambiemos de tema, ¿Qué paso con Joseph, Avril?, Annelore y yo te vimos muy cómoda.

- no ocurrió nada – bufo.

- Ay no seas así, ese beso hubiese incendiado la fuente de no ser porque había agua, Avril – se burlo Lucy.

- A quien le importa Joseph, mi madre y todos – se encogió de hombros.

- tienen razón, ni Quique, ni mi familia – suspiro Annelore.

- Y mucho menos la loca de mi madre – apoyo Lucy.

Ahora no eran unas niñas cobardes, ahora se interpondrían ante todo y todos.

 

Basado en A quien le importa de Thalia :D

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